Argentina, ¿el único país en el que el presidente puede ser padrino del séptimo hijo?

Los presidentes deben ser padrinos del séptimo hijo del mismo sexo que tenga una familia, porque de lo contrario este puede sufrir una terrible maldición.
En los últimos días, esta creencia circuló en las redes sociales, en donde se agregó que Argentina es el único Estado del mundo en el que ello es obligatorio, debido a una ley de padrinazgo presidencial.
A continuación, veamos cuánto hay de mito y cuánto de realidad alrededor de estas afirmaciones.
La curiosa historia detrás del padrinazgo presidencial en Argentina
La historia se remonta a principios del siglo XX, cuando nuestro país recibía olas de inmigrantes del continente europeo.
En 1907, específicamente, Enrique Brost y Apolonia Holmann, un matrimonio ruso que había llegado a estas tierras, tuvieron a José Brost, su séptimo hijo varón, en Coronel Pringles (Provincia de Buenos Aires).
Retrato oficial de Figueroa Alcorta, el primer presidente padrino. Foto: Wikipedia (dominio público)Como en su país de origen era costumbre que, por protección, el zar o emperador fuera el padrino del séptimo descendiente varón, los cónyuges enviaron una carta al entonces presidente de Argentina, José Figueroa Alcorta, para que cumpliera ese rol.
El mandatario, quizás para alentar la procreación con el objetivo de poblar el país, aceptó la solicitud de de los rusos y, así, se convirtió en el primer presidente en ser padrino de un ciudadano que no tuviera relación familiar o de amistad con él.
Desde entonces, varios de los presidentes que vinieron después de Figueroa Alcorta fueron padrinos de habitantes del país.
Sin embargo, no fue hasta los gobiernos de Juan Domingo Perón e “Isabel” Martínez que el padrinazgo presidencial se estableció de manera oficial.
Juan Domingo Perón sancionó el decreto de padrinazgo presidencial. Foto: Archivo/AGNEn diciembre de 1973, y citando los antecedentes mencionados, el Poder Ejecutivo de Perón sancionó un decreto que habilitó a que los cónyuges que tuvieran siete hijos a solicitar el padrinazgo presidencial.
La principal exigencia era que estos descendientes fueran todos de igual sexo y concebidos en el mismo matrimonio. Además, los padres debían acreditar “buena conducta y buen concepto moral”.
De reunir estas condiciones, los interesados tenían que remitir a la Presidencia de la Nación una solicitud redactada en papel y firmada por ambos.
El padrinazgo se concedería al séptimo hijo varón y/o a la séptima hija mujer, por orden cronológico de nacimiento. Una familia podía estar conformada por esa cantidad de hijos o por una superior, pero solo se le otorgaría el beneficio cuando tuviera siete hijos de igual sexo.
Entonces, el jefe de Estado se convertiría en el padrino del hijo/a en cuestión, y mandaría una persona a que lo represente en el acto religioso del bautismo. Tras ello, para finalizar la ceremonia, el bendecido recibiría una medalla de oro que acreditaría que era ahijado o ahijada del presidente.
En azul los países que tienen una ley en contra de los hombres lobo pic.twitter.com/W7vhQXM62V
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Un año después de aquel decreto, durante el Gobierno de “Isabelita”, el padrinazgo presidencial dio un paso más, cuando una ley estableció que sus beneficiarios poseen el derecho a que el Estado nacional les asegure la realización gratuita de los estudios, desde el nivel primario hasta el universitario, inclusive.
A partir de entonces, Argentina se convirtió en el primer y hasta ahora único país en el mundo en tener el padrinazgo presidencial establecido por ley. Gobernantes de otros Estados, como los reyes de España, son padrinos de ciudadanos con los que no tienen vínculos, pero no por una norma que lo aliente sino por decisión propia.
Por tanto, desde la vuelta de la democracia, varios mandatarios de nuestro país han apadrinado hijos. Carlos Menem, con 1.116 ahijados, lidera el ranking.
Las teorías respecto al séptimo hijo: El “hombre lobo”
Históricamente, cierta mitología europea sostuvo la posibilidad de que el ser humano se transformen en “hombre-lobo”, es decir, que parte de su cuerpo adquiera la fisonomía de este salvaje animal.
Algunas sociedades asumieron esta creencia, por lo que comenzaron a implementar medidas al respecto. Así sucedió en el Imperio ruso de fines del siglo XVIII, donde muchos padres solicitaron a la emperatriz Catalina el madrinazgo para su séptimo hijo, con el objetivo de que lo proteja, al temer que este se convirtiera en hombre lobo, en caso de ser hombre, y en bruja, si era mujer.
Con las migraciones de personas, esta superstición se extendió a América y tuvo su arraigo más fuerte en Paraguay, donde se mataban a los séptimos hijos por el miedo a que sufran una maldición y se conviertan en “luisón”, un monstruo de la mitología guaraní, similar al hombre lobo europeo, que supuestamente era el hijo número 7 de sus padres.
El “luisón”, una extraña figura de la mitología guaraní. Foto: Wikipedia (dominio público)Según este mito, el luisón o “lobizón” tiene la capacidad de liberarse de su maldición al trasladársela a una persona, con solo pasar entre sus piernas o salpicarla con su sangre. Las balas no le hacen nada, y se dice que la única forma de combatirlo es pegarle con una alpargata en su hocico.
Por cercanía, esta leyenda paraguaya se extendió a algunas provincias del norte de Argentina, como Formosa y Misiones, pero no fue hasta los primeros años del siglo XX cuando, a causa de la petición de la pareja rusa, la creencia se hizo conocida en todo el país y fue el embrión del padrinazgo presidencial.
Fuente: www.clarin.com



